Eventos : 10/12/15
Solidaridad con El Corazón em Tiempos de Navidad
 

Desde hace dos semanas, un grupo de jóvenes integrantes de la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia, debatíamos qué acción emprender en solidaridad con los migrantes cubanos varados contra su voluntad en la frontera de Costa Rica con Nicaragua. Quienes disponían de más recursos decidieron comprar juguetes y alimentos para llevarles a los albergues y otros nos dedicamos a contactar y organizar un encuentro solidario para compartir esos presentes, alimentos, pero también para compartir lo más preciado de los seres humanos: la amistad y la música. Así, organizamos el concierto “Sin fronteras”.

Los artistas cubanos, “Raudel Escuadrón Patriota y David D Omni” y Matías Hernández del grupo venezolano, “Macabro XII” y Pedro Vidal, de “Cuba Soul Fundation”, no dudaron en participar con su hip hop. Y con la colaboración de distintas personalidades y autoridades costarricenses, logramos realizar ambas actividades.

La visita a los albergues significó para mí una mezcla de emociones. Miré jóvenes, mujeres y varones de mi edad. Profesionales, adultos, niños, niñas, a centenares de personas recostadas en colchonetas, ropas al sol y al viento en tenderos improvisados, inodoros portátiles y decenas de mujeres organizadas preparando alimentos.

Lo que observé, confieso que fue una mezcla de agrado e indignación. Las lágrimas me rodaron por el rostro, cuando me abrazaban y me daban las gracias por estar con ellos. Pensaba en cómo les confesaría que yo era nicaragüense, que era ciudadana del país que les estaba causando daño. El país que, sin conocerles, los trató como vándalos. Pero reflexioné y me dije a mí misma que no era Nicaragua, que no éramos los nicaragüenses, que no era mi país quien les ocasionaba el daño, sino que un gobernante sin escrúpulos y sin sentimientos.

Así, cuando en uno de los albergues alguien me preguntó directamente al identificar mi acento, con lágrimas en los ojos, pero con firmeza, le respondí que sí, que era nicaragüense y que sentía profundamente saber que estas precariedades de las que eran víctimas eran resultado del espíritu cristiano del gobierno de mi país. Les manifesté que la inmensa mayoría de los nicaragüenses estamos con ellos y, tal como se apoya en redes sociales a esta causa, nuestra consigna es #QuepasenlosCubanos.

Luego, un señor con un rostro agradable que cargaba en sus manos a su pequeño hijo de nombre Matías, de apenas cuatro años, me dijo: “Yo pensé estar en Navidad con mi familia en EE.UU., pensé que mi hijo iba a tener un mejor futuro”, sollozó. Y me dijo nuevamente: “Si yo hubiera sabido que el señor Ortega nos despreciaba de esta manera…”. Y no pudo continuar. Junto a él, tuve que respirar hondo y decirle, “tenga confianza, seguro que van a pasar, hay que tener esperanza…”.

Esperanza que se disipa día a día, tanto así que otro cubano me expresó: “Mi problema es la incertidumbre, qué puedo hacer…el dinero se me está acabando y, con él, la esperanza…Quiero que me digan si vamos a pasar o no… Soy un profesional… Busco reconstruir mi vida.  Pero la espera interminable me está matando, no puedo dormir, me siento desesperado”. Se trataba de un ingeniero estructural de 25 años.

La persona más adulta que vi, fue una abuela, que corrió a decirnos “mi nietecito no está, anda con su mamá en el centro de salud, déjenle por favor un juguetito…”.

Entendí en este viaje que el valor de una pelota solo puede estimarse cuando se ve el rostro iluminado de un niño. Para ellos todo era alegría cuando les armaron las canchas, les dimos los balones y nos pusimos a jugar con ellos. Entendí que un balón, en estas condiciones, no tiene precio. Y es que la alegría de un niño, tiene un valor incalculable.

Con esta columna he querido compartir la dimensión humana, más allá de las discusiones de los gobernantes. Viví las penurias de los cubanos en la frontera. Estoy segura que los nicaragüenses de buena voluntad tienen sentimientos cristianos y humanitarios que les permiten comprender y solidarizarse con la penuria de la que son víctimas y, a la vez, indignarse con quienes, desde el poder, les imponen este sufrimiento.